Hay personas que no solo crean. También rescatan.
Nombres olvidados, voces que quedaron al margen de la historia, mujeres que soñaron, viajaron, pintaron, escribieron o desafiaron su tiempo sin ocupar el lugar que merecían.
Hoy tengo la alegría de dar la bienvenida a Verónica Maraver 🎨
Autora, dibujanta, divulgadora y tutora de creación artística, Verónica lleva años construyendo un trabajo profundamente necesario: acercarnos la vida y la obra de mujeres creadoras desde una mirada cercana, luminosa y humana.
Su proyecto, Crea Como una Chica, nace precisamente de esa necesidad de recuperar referentes invisibilizados y tender un puente entre aquellas mujeres y nuestras vidas actuales. No desde el academicismo frío, sino desde la emoción, la curiosidad y el reconocimiento.
Hay algo profundamente hermoso en su manera de mirar: entender que descubrir a otras creadoras también puede ayudarnos a descubrirnos a nosotros mismos.
Es un verdadero placer abrir hoy esta Casa Azul para recibirla.
Bienvenida, Verónica.
Amy Johnson: ¿Cuántas clases necesita una mujer para que la dejen volar?
Era mayo de 2019, en mi taller artístico sonaba la canción ‘’Amy, maravillosa Amy’’, que compusieron para la primera aviadora que voló de Inglaterra a Australia completamente sola.
🎵Amy, maravillosa Amy
Estoy orgullosa de la forma en que volabas
Créeme Amy, no puedes culparme, Amy
Por enamorarme de ti (nota: dibujar los símbolos de música, corcheas).
Justo en ese momento estaba pintando los ojos de la mismísima Amy Johnson sobre un mural gigante que aún cuelga de una de las paredes del taller. Me quedé observando aquellos ojos, de mirada elevada, brillante, profunda, y me sorprendió ver que era la primera vez que dibujaba a una de ‘’mis chicas’’ con los ojos abiertos. Recuerdo que me emocioné y mis propios ojos se llenaron de agua mientras tarareaba la canción.
🎵Amy, maravillosa Amy.
¿Cómo puedes culparme por enamorarme de ti?
Nació un día de verano de 1903 y se convirtió en una decepción en cuestión de segundos. Su padre esperaba un varón a quien dejar en herencia el negocio familiar, pero el destino hizo justicia y bendijo a ese padre con tres niñas más, siendo Amy la hermana mayor. Creció en Hull, Inglaterra. Me imagino a Amy pedaleando con fuerza cerca de la playa, hasta dejarse caer por un desnivel a toda velocidad. El viento en la cara, el sol en sus párpados y la cabeza en las nubes.
Abandonar Hull para ir a la universidad fue realmente penoso. Dejó la estación llena de lágrimas al ver a su familia empequeñecer mientras el tren avanzaba. Y es que Amy se había enamorado hasta las cejas de un suizo de ojos claros que vivía allí: Hans. Sus padres no aceptaban aquella relación e intentaron poner distancia mandando a la joven Amy a estudiar a Sheffield. Aquello no serviría de mucho: la insumisión de Amy era imposible de dominar y mantuvo su relación mediante un montón de cartas largas.
Tras acabar la universidad, empezó a trabajar como secretaria en Londres. Todo apuntaba a que se convertiría en una mujer casada y ama de casa, pero dos momentos cambiaron su rumbo por completo. El primero fue su extraordinaria visita al aeródromo, donde prendieron sus ganas de aprender a volar. El segundo fue cuando Hans pidió matrimonio a otra mujer. Aunque aquello le destrozó el corazón, le dejó espacio para que la libertad invadiera toda su sangre. Unir los puntos no resultó difícil: había nacido en ella un pájaro con una única misión: volar.
Pero volar no sería fácil. Uno de sus instructores de vuelo le dijo que no importaba cuánto lo intentara, nunca jamás llegaría a ser aviadora. Tuvo que hacer el doble de clases que sus compañeros para que la dejaran volar en solitario, pero ya dijimos al principio de esta historia que la insumisión de Amy era difícil de dominar. El 28 de junio de 1929, obtenía su licencia y ese mismo año aprendió también todo lo referente a la mecánica, convirtiéndose así en la primera mujer en el mundo que obtuvo el título de Ingeniero de Tierra. ¿Y ahora qué tienes que decir, instructor?
Cuando susurró al oído de aquel periodista que quería volar desde Londres a Australia en solitario, supo que ya no había vuelta atrás. Una chica de 26 años con la técnica justa, ¿cómo iba a lograr batir el récord del experimentado Bert Hinkler? Solamente una persona confiaba en Amy: ella misma. Tenaz y determinada, llamaba puerta a puerta para conseguir el dinero. Finalmente, gracias a su padre, pudo comprar un avión de segunda mano al que bautizó como Jason.
En su viaje no habría ni radio ni partes meteorológicos. Solamente un mapa, una línea recta y dos puntos unidos entre sí: Inglaterra y Australia. Despegó el 5 de mayo de 1930 en su biplano de alas plateadas. Por delante quedaban 15 días llenos de miedos, cansancio, dolor y alegría. ¡Pura vida!
Los contratiempos no se hicieron esperar. Tras entrar en una niebla espesa, apareció frente a una pared de montañas rocosas. Actuó por impulso y salió sin un rasguño, aunque aquello situó a otra incómoda pasajera en el biplano: la muerte. Volaba doce horas diarias en una cabina abierta y después reparaba a Jason, lo engrasaba y dormía poco o casi nada.
Intentando seguir el río Éufrates, entraron de lleno en una tormenta de arena. Tuvo que realizar un aterrizaje forzoso en el que se le sumaba el peligro de que el avión quedara inutilizable. Consiguió detenerlo y luchó contra el viento para cubrir el motor. Estoy segura de que Amy se sacudiría el miedo de la cabeza, como haría poco más tarde con la arena, cuando finalmente el biplano volvió a volar casi milagrosamente. Aquello parecía un juego macabro, donde la muerte la perseguía, pero ella aún iba por delante.
Hasta que llegó el monzón. La lluvia caía con tanta fuerza que lo inundó todo. La falta de combustible hizo que aterrizaran con urgencia en un campo de fútbol de Insein, en la India. Sin visibilidad, Jason golpeó con fuerza y la hélice se rompió. Aquello fue el final: no conseguiría batir el récord de Hinkler. Se preguntó si merecía la pena continuar, pero los telegramas de ánimo empezaron a llegar. Amy se estaba convirtiendo en “la reina del aire”. Una vez reparado Jason, consiguió volver a levantar la mirada y el vuelo. Australia la esperaba.
Cuatro días después de lo previsto, vio la isla de Melville. Tiró sus notas fuera de la cabina y animó a Jason golpeando su lateral. No puedo imaginar cómo se le llenaría el cuerpo de alegría; uno de esos momentos en los que una se pone a llorar y reír a la vez. Abajo, una multitud de personas la estaban esperando. Atrás quedaba el cuchillo para matar tiburones, las canciones desafinadas a pleno pulmón, las pesadillas cayendo eternamente en un cielo sin tierra y la emoción de haber vivido una aventura extraordinaria. Me la imagino echando la vista atrás, pensando que, a pesar de todo, lo habían conseguido. ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra!
A su regreso a Inglaterra se convirtió en leyenda. Los hombres agitaban los sombreros a su paso y los niños corrían tras su coche. Voló a Tokio en 10 días, fue la primera persona en volar a Moscú en un solo día y estableció récords en su vuelo a Ciudad del Cabo. Aquella joven insegura cuya mayor ansiedad era recibir la carta de su amado, ahora era aclamada como una auténtica estrella de rock. Las aviadoras son las antiguas estrellas del rock.
Amy también se casó con Jim en 1932. Ambos jóvenes, ambiciosos y encantadores, fueron conocidos como “los novios voladores”. Dos años después, se convirtió en la presidenta más joven de la Women’s Engineering Society. Sabiendo cuán comprometida estaba Amy con la emancipación de las mujeres, debió de resultar todo un honor.
Todas las personas hemos vivido tormentas que nos alejan de quienes amamos. Entonces, sentimos la necesidad de hacer la maleta y salir volando. Una tormenta parecida vivió Amy, quien en 1938, tras 6 años de matrimonio, se divorció de su marido, recuperando su apellido de soltera.
Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó, Johnson se unió a la Air Transport Auxiliary (ATA). Esta organización se encargaba de transportar aviones militares desde las fábricas hasta las bases de la Royal Air Force (RAF), permitiendo que los pilotos masculinos se centraran en el combate. Un trabajo sencillo para una mujer pájaro.
Una mañana de invierno de 1941, Amy se subió a su avión en lo que parecía un vuelo rutinario. Sobre el Támesis se elevaba una niebla espesa. La engulló, y el avión cayó en picado. Soldados la vieron saltar y desplegar su paracaídas, pero el río la envolvió como un manto helado. Vieron cómo pedía ayuda agitando sus brazos. El comandante Walter Fletcher se lanzó al agua para intentar sacarla, pero aquel rescate era imposible. Las cuerdas del paracaídas estaban enredadas al cuerpo, y el frío y el cansancio acabaron venciendo. Fletcher murió y Johnson desapareció dentro del agua.
Quedó atrás su pasión por la vida y la libertad: las bajadas en bicicleta, las cartas a Hans, la llegada a Australia y su lucha por las mujeres en un mundo de hombres. No pudieron rescatar su cuerpo, que quedará por siempre en el Támesis, pero sí hemos conseguido rescatar sus alas. Gracias Amy, maravillosa Amy, por hacernos volar, a todas.
FIN
Hay mujeres que no solo hicieron historia.
También abrieron el cielo para las que vinieron después.
La Amy Johnson que nos trae hoy Verónica es mucho más que una aviadora legendaria. Es el retrato de una mujer que se negó a aceptar los límites que otros habían impuesto sobre ella. Una mujer que transformó el miedo en impulso y la pérdida en libertad.
Mientras leía este texto pensaba en la importancia de rescatar estas vidas y devolverles voz. Porque la memoria también es una forma de justicia.
Gracias, Verónica, por acercarnos a Amy con tanta sensibilidad.
Y gracias, Amy, maravillosa Amy, por seguir enseñándonos que algunas personas nacieron para volar.
Nos seguimos leyendo.






¡Brutal está historia de Amy! Cómo todas las que nos regala Verónica, por otra parte.
Tenéis que repetir esta experiencia.
¡Súper recomendable!
☺️😉
Increíble, Verónica... 🛫