El reflejo de otros (2 parte)
Cuentos diversos cuentos dispersos
La lluvia seguía golpeando las ventanas, y con cada gota parecía que el mundo se desvanecía un poco más en sombras. La atmósfera en el café se volvió casi irrespirable, cargada de un silencio que hablaba de secretos largamente guardados. La periodista, con la libreta aún en mano, sentía como si cada palabra del doctor Rieger desvelara capas ocultas de la existencia.
—Esa otra parte de mí —continuó Rieger, con la voz quebrada y profunda—, no se limitó a vivir en la penumbra. Caminó entre la gente, despojándose de toda moralidad, dejando una estela de actos que desafiaban la razón. Fue en esos momentos, en la soledad de la noche y el murmullo de la ciudad, donde me di cuenta de que el ser humano es un reflejo de contradicciones irreconciliables.
La joven dejó escapar un suspiro, sintiendo el peso de esas palabras. ¿Podría ser que en cada uno se escondiera un alter ego capaz de actuar sin pudor alguno? Mientras sus pensamientos se arremolinaban, una parte de ella parecía despertar, resonando con ese eco prohibido.
—¿Y qué fue lo que hizo? —preguntó, casi en un murmullo, como temiendo romper la atmósfera enrarecida.
El doctor Rieger cerró los ojos brevemente, y al volver a abrirlos, su mirada parecía atravesar la realidad.
—Hubo noches en que la ciudad se volvía un escenario para mis peores fantasías. En un callejón oscuro, mi otro yo emergió con una fuerza casi primitiva. No fue un simple acto de rebeldía, sino una rendición a una verdad ineludible: en el fondo, todos somos capaces de transgredir. De caer en la tentación de lo prohibido.
Una extraña tensión se apoderó del ambiente. Afuera, la lluvia se intensificaba, y en cada gota se leía el murmullo de historias inconfesables. La periodista sintió cómo algo interno se agitaba, como si las palabras del anciano hubieran encendido una chispa que hacía vibrar su propia dualidad.
—¿Está insinuando que ese otro yo…— comenzó a decir, pero se detuvo al notar la seriedad en los ojos de Rieger.
—No es una insinuación, es una realidad —replicó el doctor—. Al aceptar la existencia de esa parte oscura, le permitimos habitarnos. Cada decisión, cada deseo reprimido, es un eco de ese reflejo prohibido. Y créame, hay secretos que no deben salir a la luz, pues pueden desmoronar la delicada estructura de la cordura.
El murmullo de la lluvia y el zumbido distante del tráfico parecían fusionarse con sus palabras, creando una sinfonía inquietante que envolvía el lugar. La joven, embargada por una mezcla de temor y fascinación, sintió que su propio interior comenzaba a resonar con aquellas confesiones. ¿Sería posible que ella también albergara un “otro yo”, oculto tras la máscara de la cotidianeidad?
El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión casi palpable. La dualidad humana, ese enigma inherente a la existencia, se manifestaba en cada rincón del café, en cada sombra proyectada por la luz tenue. La conversación se desvaneció lentamente, dejando tras de sí la incertidumbre de lo inconfesable, un eco persistente que prometía transformar para siempre la percepción de quienes se atrevieran a mirar en el espejo de su propia alma.
En ese instante, la lluvia ya no era simplemente agua golpeando el cristal, sino el latido de un misterio ancestral, un recordatorio ineludible de que en cada ser humano habita un reflejo oscuro, siempre dispuesto a emerger en el instante menos esperado.




Ainss qué difícil es abrir esa puerta interior para descubrir nuestras sombras, y cuánto más difícil es cerrarla una vez abierta.
Ojalá haya tercera parte :)