Gonzalo Salade: escribir para entenderse
Hay quienes escriben para impresionar.
Y hay quienes escriben para entenderse.
Gonzalo Salade pertenece a los segundos.
Su propuesta es clara: un texto semanal que mezcla recuerdos, ideas y experiencias mientras intenta descifrarse a sí mismo. Sin solemnidad. Sin pose literaria. Sin necesidad de que el lector sea experto en nada.
No hace falta dominar la literatura clásica.
Pero tampoco presumir de no leer.
Solo estar dispuesto a pasar un buen momento —en una sala de espera, en el colectivo, o donde la vida nos regale unos minutos— y dejarse acompañar.
Eso es lo que trae Gonzalo: cercanía, honestidad y una voz que no compite, sino que conversa.
Y en esta casa azul, eso siempre tiene lugar.
Bienvenido, Gonzalo.
Hospital
Por Gonzalo Salade
Trato de recordar cuál es mi primer recuerdo en un hospital. Evidentemente fue el primer
lugar que conocí, pero de eso no tengo memoria. Sigo pensando.
Tengo cinco años y me despierto en una camilla. No entiendo muy bien qué pasó. Todos
están muy emocionados de verme abrir los ojos y nadie me explica demasiado. Chocamos,
aparentemente. Todo queda en segundo plano porque yo, a pesar de tener dolores y
lesiones no muy graves, recibo mucha atención. Mi tía me regala un Pokémon grande y yo
sonrío.
Dos semanas después, mientras vamos y venimos del hospital, mi mamá y mi tío me llevan
a McDonald’s. Pedimos y nos sentamos. Antes de empezar a comer digo que quiero ir al
baño. Mi tío intenta alzarme porque no puedo caminar, se olvida del yeso, me levanta y mi
pierna golpea la bandeja. Vuela todo. La comida y las bebidas terminan en el piso y hay que
pedir de nuevo. Esa tarde me compran un ventilador portátil que viene con un chupetín.
Pasa el tiempo. Yo ya estoy bien. Mi papá está fuera de peligro, pero sigue internado. Nos
dejan entrar a verlo. Vamos con mi mamá y mi hermana. Estamos yendo a la colonia y le
contamos que fuimos a la pileta. Él insiste en que también fue. Pensamos que es un chiste,
pero después de un rato entendemos que realmente cree que ese día se tiró del trampolín.
Pasan varios años hasta que vuelvo a un hospital. Mi tío vuelve de un viaje a China y lo
internan. Estoy en sexto grado. En casa junto todas las fotos que encuentro con él y con la
familia y armo un álbum para llevárselo porque quiero que se recupere. Voy a visitarlo.
Parece mejorar, pero está muy débil, así que me quedo solo unos minutos y le entrego el
álbum.
Unos días después salgo del colegio y mi mamá no viene a buscarme. Viene Darío, que
trabaja con mi papá. No me dice nada, me lleva a casa. Entro, veo la cara de mi mamá,
después veo a mi papá y entiendo todo.
En séptimo grado me descubren un soplo en el corazón y empiezo a ir muy seguido al
médico. De casa a la sede central hay una hora. Los turnos suelen ser temprano, así que
falto al colegio. Me gusta faltar. Como salimos temprano, vamos a desayunar. Durante
varias semanas repetimos la rutina una vez por semana.
Encuentran una nueva forma de controlarme: una especie de radio que queda conectada a
mi cuerpo midiendo los latidos durante 24 horas. Voy al colegio con el aparato y les digo a
todos que es una bomba. Nadie me cree.
La rutina de chequeos se vuelve algo de todos los años, siempre acompañada por los
desayunos con mi mamá.
Estoy en el último año de la secundaria. En la casa de mis abuelos miro un Boca vs
Arsenal. Boca pelea el campeonato y pierde tres a cero. Le digo a mi abuelo que me duele
la panza y él dice que es porque perdió Boca.
Al día siguiente voy al colegio, pero me voy temprano porque el dolor es muy fuerte. Camino
hasta la parada de colectivo y compro cuatro paquetes de galletitas Toddy, que están muy
de moda y no se consiguen en ningún lado. No las como.Al día siguiente voy al hospital. Un médico asegura que no es el apéndice y que tengo que
tomar unos jugos. Pasa la noche y el dolor sigue. A la mañana vuelvo de urgencia, me
internan y me operan por peritonitis aguda.
Después de la operación me piden que intente hacer pis. Por la anestesia no puedo. Me
advierten que si para la mañana siguiente no lo logro van a tener que meter un tubo por el
pito para sacarlo. No duermo en toda la noche intentando evitar esa amenaza y cerca del
amanecer finalmente lo logro.
Paso varios días internado. Boca juega por la copa y consigo que me pongan una tele en la
habitación. Gana en Chile. Las galletitas no las puedo comer hasta un mes después de la
operación.
Tengo 22 años y juego un torneo de fútbol. Estoy jugando bien hasta que el equipo rival
hace un cambio: entra un jugador del doble de mi peso para marcarme. En la siguiente
jugada intento eludirlo y pone todo su cuerpo sobre mi rodilla. Se escucha un estallido y
caigo al piso. La cara de mis compañeros lo dice todo. Me arrastro hasta el auto y manejo
hasta casa. Mi papá me lleva al hospital y me hacen estudios.
Vuelvo solo a buscar los resultados. Tengo miedo de que el médico diga una sola cosa. La
dice: ligamentos cruzados. Tres meses después me operan, todo sale bien y vuelvo a casa
en muletas.
Es 2017. Durante la noche me llegan varios mensajes que no veo porque estoy dormido.
Me despierto con la noticia y voy al hospital. Nació Olivia, mi sobrina.
Estoy sentado en la mesa del comedor escribiendo esto y pienso en todos los estadíos por
los que pasan las personas en los hospitales. Es el primer lugar que conocen cuando nacen
y el lugar donde muchas veces cierran los ojos por última vez. Los momentos más felices y
los más tristes suceden ahí.
Me pregunto por qué esos edificios enormes, blancos, llenos de pasillos, no tienen ninguna
connotación divina o sagrada. Viajamos miles de kilómetros para entrar en iglesias y
levantamos la vista para mirar techos pintados hace siglos, pero en cada barrio hay un lugar
donde alguien respira por primera vez y también por última, un lugar donde se arreglan
corazones y rodillas, donde se anuncian nacimientos y despedidas y a nadie le importa.
Hace unos años el mundo se detuvo y, por un momento, entendimos. Aplaudimos desde los
balcones, miramos hacia adentro y reconocimos a los seres mágicos que sostienen todo,
sin capa y sin estatua. Después nos volvimos a olvidar.
El templo sigue ahí y los seres mágicos también.
Yo, cuando paso por la puerta, no me persigno. Miro cada ventana y pienso en todo lo que
debe estar pasando ahí adentro: un Pokémon, un álbum de fotos, una sobrina; cuántas
vidas estarán cambiando mientras nadie se detiene a mirar. Sigo intentando recordar cuál
fue mi primer recuerdo. Tal vez fue la sensación de que todos me estuvieran esperando.
Quizás eso pasó más de una vez. Quizás eso está pasando todo el tiempo. Quizás ahora,en alguna habitación, alguien abre los ojos por primera vez y varias sonrisas se inclinan
sobre una camilla, mientras Dios, vestido de ambo, custodia en silencio.
Hay colaboraciones que llegan con discreción.
Y se van del mismo modo.
Gonzalo Salade ha compartido aquí sus textos semanales, sus recuerdos, sus ideas y ese intento honesto —tan suyo— de entenderse mientras escribía.
Eso nunca es poca cosa.
En esta casa azul creemos en las voces que no compiten, que no buscan impresionar, que simplemente se sientan a la mesa y hablan con verdad. Gonzalo hizo exactamente eso.
Hoy cerramos esta etapa con gratitud.
Las colaboraciones, como los trenes que tanto me gustan, tienen estaciones. Algunas continúan más lejos. Otras se detienen donde deben.
Gracias, Gonzalo, por el tiempo, la confianza y las palabras.
Aquí siempre quedará la puerta entreabierta.





Pedro, gracias por otra colaboración magnífica. Gonzalo, ¡qué mucho me identifiqué con tus vivencias hospitalarias! Mis papás eran de los que no nos llevaban a ver a pacientes y recién nacidos. Tampoco a funerales y entierros. Pero recuerdo cuando era niña y mi mamá me llevaba a la clínica a vacunarme. El olor a desinfectante en los cubos de agua con mapos. El alcohol y las motitas de algodón para que la enfermera esterilizara mi piel antes de que entrara la aguja. El helado de coco del vendedor ambulante en la entrada de la clínica como premio de consolación. Tuve un sólo yeso. Ya yo trabajaba y me fracturé un pie cuando me tropecé con una alfombra. Caí mientras corría dentro de un apartamento, huyendo del olor a pedo tóxico que mi amiga desató mientras desayunábamos un sábado luego de amanecernos bailando con los novios en la discoteca. Mientras tuve el yeso mi novio me ayudaba a bañarme y a entrar y salir de su carro. Me llevaba a todos lados y me sentía muy querida. ¿Por qué será tan poco común dar y recibir mimos diarios y Pokemóns cuando estamos sanos y contentos? ¿Por qué esperar a las enfermedades y cuando ganamos o perdemos cosas grandes? Gonzalo, me has puesto a pensar.