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Pedro, gracias por otra colaboración magnífica. Gonzalo, ¡qué mucho me identifiqué con tus vivencias hospitalarias! Mis papás eran de los que no nos llevaban a ver a pacientes y recién nacidos. Tampoco a funerales y entierros. Pero recuerdo cuando era niña y mi mamá me llevaba a la clínica a vacunarme. El olor a desinfectante en los cubos de agua con mapos. El alcohol y las motitas de algodón para que la enfermera esterilizara mi piel antes de que entrara la aguja. El helado de coco del vendedor ambulante en la entrada de la clínica como premio de consolación. Tuve un sólo yeso. Ya yo trabajaba y me fracturé un pie cuando me tropecé con una alfombra. Caí mientras corría dentro de un apartamento, huyendo del olor a pedo tóxico que mi amiga desató mientras desayunábamos un sábado luego de amanecernos bailando con los novios en la discoteca. Mientras tuve el yeso mi novio me ayudaba a bañarme y a entrar y salir de su carro. Me llevaba a todos lados y me sentía muy querida. ¿Por qué será tan poco común dar y recibir mimos diarios y Pokemóns cuando estamos sanos y contentos? ¿Por qué esperar a las enfermedades y cuando ganamos o perdemos cosas grandes? Gonzalo, me has puesto a pensar.

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Por supuesto, sigue adelante.