CM Torres es la autora de Tea, Book & Hammock, un espacio de lectura en Substack donde conviven ficción, poesía, ensayos y textos que invitan a detenerse.
Su manera de escribir tiene algo que valoro mucho: no publica por obligación ni por ruido, sino cuando una historia merece ser contada. Sus lectores saben que cada texto llega con calma y con cuidado.
Alrededor de su publicación también se ha ido formando una pequeña comunidad de lectores que conversan sobre literatura desde el respeto y la curiosidad.
Hoy tengo la alegría de compartir con vosotros una colaboración con ella.
Os dejo con su texto.
La historia se repite
Por CM Torres
Marzo. Llegó mi mes favorito. En las latitudes por donde he ido vagando en los últimos años, marzo es cuando la intensidad del sol comienza a desvestir a las montañas vestidas de blanco para arroparlas de verdor y colores de primavera.
El día primero fue un domingo. Me despertó un coro de aves marinas chillando en la orilla del mar y me asomé por la ventana a la vez que el sol se asomaba sobre el horizonte. Nos saludamos como viejos amigos y dije: “Sol, hoy voy a dedicarme a limpiar bien y organizarme”, y luego de un cafecito con leche, me amarré el pelo en una cola, me puse ropa cómoda, y...
No me fue muy bien. Bueno, no en el sentido de organizar y limpiar.
Resulta que una de las primeras cosas que noté fue que había dejado la mochila con mi equipo fotográfico en una tablilla por mucho tiempo sin tocarla. Entonces saqué una brocha de arqueóloga y me la llevé afuera para sacudir la arena que se le había acumulado encima, recordando que hice algo similar el año pasado. Y el año anterior.
Abrí la mochila. ¡Qué dolor en el alma! La cámara Canon digital. Lentes especializados. Macro, 55mm, 70-300mm,telefoto, filtros, baterías, y tarjetas de memoria con fotos de otra década que no había mirado desde que las tomé.
Aclaro. No he dejado de tomar fotos, sino que últimamente tomo la mayoría de las fotos con el teléfono. Y raramente las imprimo o las vuelvo a mirar. Terminan perdidas en el mar de otras imágenes tontas (que debo borrar), pero que juntas pasan a una memoria externa en mi computadora. A estas alturas, encontrar mis fotos dignas de exhibición en galerías es como trabajar las minas para extraer esmeraldas.
¿Qué demonios me ha pasado con la pasión por la fotografía? Recuerdo las camaritas de bolsillo que usábamos en mi familia cuando yo era niña en Puerto Rico. Caminaba media milla a la farmacia del pueblo a dejar rollos para revelar. Dos semanas más tarde, regresaba a recoger el sobre con el emblema de Kodak y el nombre de mi mamá escrito a mano. Adentro del sobre, negativos y fotos de pasadías, cumpleaños, primer día del año escolar, navidades, fiestas o reuniones familiares. Las que no habían salido borrosas (o con cabezas incompletas) se guardaban en álbumes de fotos y guardábamos los negativos en una caja por si acaso alguien quería copias.
Recuerdo sentarme con los álbumes en los fines de semana para recordar esas ocasiones. A veces los miraba sola. A veces con mis hermanos o amigas.
Cuando fui adolescente, estaba obsesionada con la cámara Minolta de mi una de mis hermanas. Ella me enseñó a abrirla, enganchar el rollo de la forma correcta, y cómo enfocar y hacer ajustes según la iluminación del objeto y la velocidad del rollo. Cómo leer por la ventanilla cuántas fotos faltaban por tomarse. Me enseñó que si se abría la puertita antes de completamente enrollar el negativo en reverso, se dañaba el rollo.
Recuerdo mi primera cámara Canon.
A los treinta y pico de años, inventaba safaris fotográficos con mi mejor amiga de la oficina, y tomábamos fotos espectaculares que imprimíamos en papel brilloso. A esa edad, con tantas cosas pidiendo mi atención, las dejaba guardadas con los negativos dentro de los sobres pensando que algún día compraría álbumes nuevos para acomodarlas.
Recuerdo mudarme de casa en casa cuando tuve traslados de trabajo. Empacando y desempacando los viejos álbumes y las cajas donde había acumulado decenas de sobres de Kodak con fotos y negativos. Viajé a Puerto Rico antes de trasladarme a un trabajo en Alaska. Tomé 15 rollos de fotos por la isla para recordar mi tierra cuando apretara el invierno polar. Titulé a mi foto favorita “En el callejón del Viejo San Juan”. Esa foto recibió un primer lugar en un certamen internacional de Kodak. Estuvo en exhibición en el pabellón Journey to the Imagination en Epcot Center y en la oficina principal de National Geographic en Washington D.C.
Ay, ¡qué logros!
La fotografía llegó a ser parte íntegra de mi identidad hasta que llegaron las cámaras digitales. Me uní a Los Fotógrafos Verdaderos en protesta de esas camaritas impostoras. Las que se enfocan solas. Las que estabilizan la imagen cuando el fotógrafo no se deja de mover. Las que pueden tomar cientos de fotos en quince minutos. Sin rollos. Sin negativos. Sin talento. La falta de talento, compensada fácilmente con aplicaciones como Photoshop.
Me tardé un poco, pero eventualmente compré una Canon digital y a través del tiempo aprendí a ser feliz con las fotos nuevas sin importar que los que dominan la tecnología de retoques mejor que yo pueden producir imágenes igual o más impresionantes aunque no tengan talento artístico.
En algún momento, empecé a escribir más y fotografiar menos. Con mucha dedicación e imaginación, he publicado relatos y cuentos breves en inglés y español. También edito una revista literaria digital llamada Piscolabis.
Ahora me llaman autora.
Llegué a una nueva cumbre y allí, detrás de mí, también llegó la inteligencia artificial con sus modelos de aprendizaje de lenguaje que dan respuestas inmediatas a cualquier tipo de pregunta o exigencia. También puede escribir novelas completa para lectores ingenuos.
La historia —tecnología invadiendo espacios creativos— se repite.
Pero esta vez, en vez de indignarme y rechazar nuevas herramientas, no me demoré en adaptarme. Primero escribo con alma y conciencia usando mi imaginación, y luego, con cautela, utilizo herramientas de inteligencia artificial para refinar mis escritos de la misma forma que antes usaba los diccionarios, las enciclopedias, y los libros técnicos y de historia.
Es un tema controversial, pero vale recordar que escribir ficción con alma y conciencia es inimitable, singular, y espontáneo. Va más allá de lo esperado; más allá de las técnicas perfeccionadas por la inteligencia artificial. Es una imperfecta interpretación de lo que el escritor palpa en mundos reales e imaginados, expresada con honestidad cruda a través de palabras. Al fin, tener alma y conciencia significa encarnar una verdad emocional auténtica y una profundidad humana —¡humana!— que conmueve a los demás más allá de lo superficial o artificial.
Precisamente por eso no me opongo esas herramientas: en mis manos, la inteligencia artificial no reemplaza mi voz, sino que la amplifica. Me ayuda a pulir, a explorar caminos que mi mente sola no habría visto tan rápido, a liberar tiempo para lo que realmente importa: sentir, vivir y traducir esas emociones al papel. La historia se repite, sí, pero esta vez la escribo yo con mi corazón, usando la tecnología como complemento. Y en esa alianza nace algo nuevo: una creatividad más libre, más audaz y, sobre todo, más humana que nunca.
Después de leer a CM Torres, queda flotando una idea que me parece muy hermosa:
las pasiones creativas cambian de forma, pero rara vez desaparecen.
A veces se transforman.
A veces se desplazan de la cámara a la escritura.
O de la página a la conversación con los lectores.
Su reflexión sobre la fotografía, la memoria y la tecnología nos recuerda algo importante: las herramientas cambian, pero lo que da sentido a lo que hacemos sigue siendo profundamente humano.
Ha sido un verdadero placer abrir la Casa Azul para recibirla.
Gracias, CM Torres, por compartir con nosotros tu mirada, tu historia y tu manera de entender la creatividad en estos tiempos donde la tecnología avanza tan rápido como nuestras preguntas.
Las puertas de esta casa quedan abiertas para cuando quieras volver.
Si quieres seguir leyendo a CM Torres, puedes visitar su casa en Substack, Tea, Book & Hammock o Puño y Letra que contiene sus escritos en español. Los buenos lugares para leer siempre terminan encontrándose.






Gracias, Pedro, por el honor de invitarme a tu Casa Azul.
Me he sentido súper identificada leyendo este relato, lo he leído disfrutándolo como una niña. Justo antes de ayer charlábamos en un live sobre eso mismo, cómo la creatividad va cambiando de una forma a otra, pero nunca desaparece. En mi caso, también he ido alternando escritura y fotografía durante muchos años hasta que me he dado cuenta de lo feliz que me hace integrar ambas cosas.
¡Gracias a ambos por este relato!