Hay colaboraciones que no se buscan.
Se reconocen.
Y cuando aparecen, traen algo muy concreto:
la sensación de estar ante alguien que mira el mundo desde un lugar parecido al tuyo.
Así llega Judit a esta casa.
Judit no habla de libros como quien recomienda.
Habla de libros como quien comparte algo que le ha pasado por dentro.
Desde la lectura como refugio.
Desde esa necesidad —cada vez más rara— de detenerse.
Leer, para ella, no es avanzar páginas.
Es habitar.
Perderse.
Volver.
En un mundo que va deprisa, su propuesta es clara:
leer despacio, con presencia, sin culpa.
Su espacio, Lletres Voladores, nace desde ahí.
Sin reseñas técnicas ni listas que cumplir.
Solo lectura vivida.
Honesta.
Real.
Si alguna vez sentiste que leer se convirtió en una tarea…
este lugar también es para ti.
Hoy le abrimos la puerta a Judit.
Y lo hacemos con algo muy simple: confianza.
Bienvenida a casa.
Pedro, muchísimas gracias por abrirme la puerta de esta casa azul.
Cuando me escribiste sentí agradecimiento y miedo a partes iguales. Yo, aquí, donde han escrito personas que admiro. Pero dije que sí antes de pensármelo, que es como se dicen las cosas que importan. Estoy aprendiendo a escribir microcuentos y relatos, y poder estrenarme aquí es un honor.
Lo que vas a leer nació de algo muy mío. No sé muy bien qué es, pero aquí está.
Mil gracias por la confianza.
Con amor,
Judit 🦋
La melodía
Durante años intenté encontrar la melodía que tarareaba mi abuela. Pregunté a músicos, busqué en archivos, escribí las notas que recordaba en un papel de cocina –porque no encontré otra cosa. Pasé tardes enteras delante del ordenador con auriculares, escuchando melodías tradicionales de sitios que no sabría ubicar en un mapa. Hablé con etnomusicólogos, entré en foros de internet a las dos de la madrugada, mandé audios grabados con el móvil a desconocidos que quizás supieran algo. En algún momento me di cuenta de que estaba buscando algo que no tenía nombre en ningún sitio. Seguí buscando igual. Nadie la reconocía. Nadie la había oído nunca.
La melodía no pertenecía a ningún idioma que yo pudiera identificar. Pero era un idioma. De eso estaba segura.
Mi abuela era una de las pocas personas que lo conocía. Yo lo descubrí demasiado tarde, o justo a tiempo. Todavía no lo sé.
La primera vez que le pregunté por aquella melodía, sonrió de una manera que no le había visto antes.
—¿De dónde viene? —le pregunté.
Se quedó quieta un momento.
—Siempre ha estado aquí —dijo.
Y no añadió nada más. Yo tampoco pregunté. Con mi abuela había preguntas que uno sabía que no debía hacer, igual que no se señala con el dedo a alguien.
Cuando tarareaba, el polvo que flotaba en los rayos de sol se quedaba quieto en el aire. Y yo sentía un calor extraño en el centro del pecho. Como si aquel idioma recordara algo que yo había olvidado.
Había tardes en que nos sentábamos juntas en el jardín sin hacer nada en particular. Yo a veces intentaba leer. Nunca pasaba de la misma página. Mi abuela tarareaba, y el tiempo se ablandaba por dentro, perdía su estructura, se espesaba hasta convertirse en algo que se podía casi tocar, como si el jardín existiera en un pliegue del mundo donde las cosas duraban más de lo que les correspondía. A veces interrumpía la melodía a mitad, sin razón aparente. Se quedaba callada, con los ojos cerrados, como si escuchara algo que yo no podía oír. Como si el silencio fuera parte de la canción. Luego seguía, desde el mismo punto exacto donde lo había dejado. Nunca hablábamos de nada importante. O quizás todo era importante y ninguna de las dos lo sabíamos todavía.
Un marzo, me señaló el cerezo del jardín. Acababa de soltar sus primeras flores, rosadas y frágiles, con una ligereza de cosa que no espera quedarse. El frío aún andaba por ahí, agazapado entre las sombras del mediodía.
—¿Por qué tan pronto? —le pregunté.
Se quedó mirándolo un momento, como si el árbol le estuviera contando algo.
—Porque ya es la hora —dijo.
Luego entró en casa. Yo me quedé fuera, mirando las flores que temblaban con un viento que apenas se notaba, con los pies fríos dentro de los zapatos, sin saber muy bien qué había querido decir. Pocos días después, mi abuela se fue.
Los meses siguientes escuchaba la melodía en mitad de cualquier cosa. Antes de dormirme, mientras dibujaba, mientras me quedaba mirando el cielo desde el sofá sin hacer nada útil. Siempre incompleta, como si le faltara la capa que solo la voz de mi abuela sabía ponerle. Lo guardaba, como tantas otras cosas que ella me había dejado sin instrucciones, esperando el momento en que tuvieran sentido.
De vez en cuando me quedaba mirando por la ventana con la sensación de que esperaba algo. No sabía el qué. Pero esperaba.
El marzo siguiente llegó con ese frío delgado que se cuela entre la ropa y los cerezos del parque de enfrente soltando sus flores como si les quemaran en las ramas. Y con ellos, la melodía. Entera. Con todo lo que siempre le había faltado. Me quedé quieta, sin respirar del todo.
Me acerqué despacio a la ventana. Y entonces la vi: una mariposa pálida con los bordes rosados, del color exacto de los pétalos de cerezo, posada en el alféizar, con las alas abriéndose y cerrándose despacio.
Hay un segundo en que el cerebro quiere hacer algo: moverse, buscar el móvil, guardar el momento. Pero hay momentos que solo existen si te quedas quieta dentro de ellos.
—Hola —susurré.
La mariposa abrió y cerró las alas una vez.
—Te he echado de menos.
No esperaba respuesta y no la hubo. Pero sentí algo en el centro del pecho que reconocí de inmediato. El mismo calor de siempre. Y entonces lo entendí todo: los cerezos, la melodía, la mariposa. Siempre había sido lo mismo. Yo simplemente tardé en estar lista para escucharlo.
La mariposa abrió las alas y se fue. Y supe, en ese momento, que volvería cada marzo, mientras los cerezos florecieran y yo siguiera dejando la ventana abierta.
Me quedé un rato más, con las manos en el marco y el frío en los dedos, tarareando muy bajito la melodía entera. Por primera vez, completa. Por primera vez, mía.
Lo que nadie te cuenta es que las mariposas no visitan a cualquiera. Eligen. Y si alguna vez una se posa en tu alféizar un día de marzo, con el frío todavía entre la ropa y los cerezos floreciendo, no la espantes. Quédate quieta. Y escucha.
Hay textos que no se leen.
Se quedan.
Y este es uno de ellos.
Judit nos ha regalado algo difícil de explicar y muy fácil de reconocer:
esa sensación de que hay cosas que entendemos… cuando por fin estamos preparados.
Una melodía sin nombre.
Un recuerdo que no se va.
Una presencia que encuentra la forma de volver.
En la Casa Azul creemos en eso.
En lo que no siempre se puede explicar, pero se siente.
En las historias que no hacen ruido…
y, sin embargo, se quedan contigo mucho después.
Gracias, Judit, por traer tu mirada, tu sensibilidad y esa forma tan tuya de escuchar lo invisible.
Esta siempre será tu casa.
Y a quienes habéis llegado hasta aquí…
quizá también os llevéis algo que no sabéis nombrar del todo.
No hace falta.
A veces basta con quedarse un momento más…
y escuchar.





Magia, me ha dejado destellos por dentro 🦋
Muy bonito Judit❤️❤️❤️❤️