Hoy quiero abrir las puertas de esta casa azul a alguien que entiende muy bien eso de escribir desde dentro.
Charlie Marrez habita un territorio donde las palabras todavía conservan el olor de los talleres antiguos: lugares donde las cosas se hacen despacio, con cuidado y con algo de verdad entre las manos.
Su espacio, El Taller de las Palabras, no es solo una newsletter. Es un refugio donde conviven relatos, cuentos, haikus, ilustraciones y reflexiones que nacen desde un lugar profundamente humano. Allí, la ficción y la realidad se rozan continuamente, como si ambas formasen parte del mismo espejo.
Hay además algo especialmente hermoso en su propuesta: Charlie también pone voz a sus textos. Cada publicación puede leerse… o escucharse. Como quien se sienta frente a alguien que decide contarte una historia sin prisas.
En tiempos de ruido y velocidad, él apuesta por lo contrario:
la artesanía.
La cercanía.
La conversación.
Porque escribir —cuando se hace de verdad— nunca debería ser un monólogo.
Es un placer recibir hoy a Charlie en esta casa.
Espero que sus palabras os acompañen tanto como a mí.
La última Taza
Por Charlie Marrez
No recuerdo cuándo abrió. Iba de camino a casa después de trabajar y, justo en uno de los locales por los que siempre pasaba, sin más, apareció.
Una cafetería sin letrero ni nombre por el que llamarla. Solo una pizarra en la entrada daba la bienvenida. En ella estaba escrita, con letras elegantes y complicadas, la palabra «hoy».
¿Hoy qué?
Pensé que se había borrado el resto del mensaje, que faltaba una oferta del día o las especialidades de la casa. ¿Qué más daba? Después del martes que había tenido, necesitaba cafeína.
Abrí la puerta con un bostezo.
Dentro no escuché el sonido de fondo de cualquier cafetería: nada del tintineo de cucharas chocando contra las tazas, tampoco murmullos de conversaciones ni el silbido de una cafetera funcionando.
Al fin: tranquilidad.
El local no era muy grande, pero sí acogedor y estaba limpio. Los colores pastel dominaban la decoración, con mesas y sillas a juego: azul, rosa, salmón, verde e incluso una de un tono rojo muy claro.
Me senté en esa. Nunca supe por qué.
No había mucha clientela aquel día y, aunque para cualquier otra persona eso habría sido mala señal, yo lo agradecí. Una pareja mayor tomaba churros con chocolate en una esquina, sentados en una mesa azul. Una mujer joven bebía un largo trago de su batido desde una silla verde. Un padre merendaba tortitas con nata junto a sus hijos, que habían desparramado nata sobre un sofá rosa palo.
Tras la barra, un hombre de piel bronceada y sonrisa de dientes muy blancos me miró, asintió y empezó a apuntar una comanda para la cocina. Después volvió a mirarme y sonrió de oreja a oreja.
Busqué algún tipo de carta o un código QR para ver el menú desde el móvil, pero no encontré nada. Solo la mesa roja con un servilletero del mismo color en el centro.
Qué lugar más raro…
No tuve que esperar mucho.El hombre que me había sonreído antes se acercó con una bandeja que sostenía una gran taza de café humeante y una tostada con mantequilla y mermelada de fresa.
Mi favorita.
—Pero… yo no he pedido nada —dije, levantando una ceja.
—Lo sé. —Volvió a sonreír—. Créeme, esto le gustará. Creo que es justo lo que necesita.
—¿No tienen carta?
La verdad era que estaba salivando al ver aquella tostada. Tenía una pinta deliciosa, con el punto justo de mermelada, sin desbordarse por los bordes. El café con leche humeaba en un intento de llamar mi atención.
—No tenemos carta. Aquí sabemos lo que necesitan nuestros clientes. Lo que más desean.
Volvió a sonreír y, esta vez, un escalofrío me recorrió la espalda.
Miré a mi alrededor. La pareja mayor seguía mojando los churros con sonrisas manchadas de chocolate. La mujer joven se levantaba para marcharse y su rostro me transmitió calma.
Quizá sea un nuevo tipo de negocio. ¡Consumición sorpresa!
—Gra… gracias —conseguí decir antes de que se diera media vuelta y regresara detrás de la barra.
El café estaba caliente, pero no quemaba, y tenía un punto amargo que me encantó. Bebí despacio. Quizá esperaba encontrar algo extraño: una molestia en el cuerpo o cualquier cosa que justificara aquella sensación de haber entrado en el lugar equivocado.
Pero no había nada.
Y, sin embargo, cuando terminé tuve la certeza de que llevaba semanas conteniendo la respiración y que solo en ese momento había conseguido aflojar toda la tensión acumulada.
Aquella noche dormí sin soñar. Algo que agradecí después de la racha de pesadillas que arrastraba.
Volví al día siguiente.
No había pensado hacerlo. De hecho, me repetí varias veces que no volvería. Que había sido casualidad. Que uno no debería fiarse de los sitios que aparecen de repente, por muy buen café que sirvan. Pero mis pies decidieron antes que yo.
Esta vez, la pizarra decía: «todavía».
Dentro me esperaba la misma decoración, las mismas mesas, el mismo silencio.
Había tres personas más.
Una mujer mayor ocupaba la mesa del fondo, con las manos alrededor de una taza de la que no bebía. Un chico joven miraba por la ventana. Cerca de la barra, en una silla amarilla, un hombre trajeado mantenía los ojos cerrados y movía la cabeza al son de una música que solo él podía escuchar.
Me senté en el mismo sitio y el camarero, tras volver a sonreírme, trajo otra taza.
Esta vez era mucho más oscura.
—Hoy cuesta un poco más —dijo en voz baja.
—¿El qué?
No respondió y yo bebí sin pensar.
El sabor me golpeó en el pecho antes que en la lengua. No era desagradable, pero sí intenso. Aquel café me recordó todo lo que llevaba tiempo escondiendo bajo la alfombra.
Esa tarde llamé a mi hermana. No lo tenía previsto, hacía meses que no hablábamos. Le dije cosas sencillas. Ninguna disculpa grandilocuente. Solo unas pocas palabras torpes, casi ridículas.
Cuando colgué, el silencio de mi casa era menos amenazador.
Volví otra vez al día siguiente.
La pizarra cambió: «aún».
Ese día pensé en no entrar. Me quedé en la acera, con las manos en los bolsillos mientras el viento revolvía mi pelo, miré la palabra durante varios minutos.
Quizá es mejor dejarlo. Ya he tenido suficiente.
El camarero me sonrió desde el otro lado del cristal mientras limpiaba la mesa roja en la que siempre me sentaba. No hizo ningún gesto para llamarme… Y eso fue precisamente lo que me hizo entrar.
Me sirvió una taza pequeña, ridículamente pequeña. Apenas dos dedos de café.
—A veces menos es más —dijo antes de marcharse.
Bebí. Recordé una tarde que había intentado olvidar. No porque fuera terrible, sino porque me recordó lo mucho que guardaba.
Una escena de lo más normal: Mi madre en la cocina. Yo junto a la puerta. Ella me preguntaba si estaba bien y yo le respondía una y otra vez que sí, que no se preocupara. Solo eso.
Pero, al recordarlo, entendí que llevaba años respondiendo lo mismo a todo el mundo.
—Sí. Estoy bien.
—No puedo quejarme.
—No pasa nada.
—Vale, yo lo hago.
—Puedo yo solo, no te preocupes.
Al salir del café, la ciudad seguía como siempre: los coches atascaban las calles y, la gente cruzaban a toda prisa de un lado para otro.
Todo exactamente igual. Excepto yo.
Me convertí en un cliente habitual de aquella cafetería, y, con el paso de los días, empecé a fijarme en los demás.
La mujer del fondo llegaba siempre antes que yo. A veces lloraba sin hacer ruido. Otras sonreía a su taza. El chico de la ventana dejó de mirar hacia fuera y empezó a escribir en una libreta.
El hombre del traje desapareció un martes y su mesa quedó vacía durante días..
—¿La gente deja de venir? —pregunté.
El camarero secaba una taza con un paño blanco.
—Claro.
—¿Por qué?
Tardó en responder.
—Porque deja de necesitar.
No le entendí pero tampoco supe que preguntarle para entender qué estaba sucediendo allí.
La siguiente palabra fue:«mejor».
Y fue la primera que me dio miedo: mejor era una palabra peligrosa, demasiado fácil de decir. La escuchaba mucho en las consultas de los médicos, en las conversaciones con amigos, incluso en mi propia voz cuando intentaba convencerme de que ya no dolía.
Aquel día el café era dulce. Demasiado dulce.
—No me gusta el café con azúcar —dije.
—Lo sé. —respondió el camarero sin cambiar su rostro.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque no tiene porque gustarte.
Lo bebí de todos modos, y durante unas horas, estuve en paz. Nada de felicidad, solo una calma que me permitía pensar sin el ruido que tanto me molestaba.
Ese día compré pan, regué una planta medio muerta que había dado por perdida, contesté todos los mensajes pendientes e incluso ordené un armario.
Fue tan sencillo que me resultó obsceno.
Al día siguiente quise volver a la cafetería antes incluso de salir de la cama.
Durante semanas, o quizá meses, seguí entrando. Nunca supe cuánto tiempo pasó exactamente.
La pizarra decía cosas distintas: «quizá», «casi»…
Cada palabra escrita con la misma letra de trazos finos y elegantes, aunque yo nunca vi a nadie escribirla.
Seguro que es ese camarero…
Una tarde, la mujer del fondo no estaba, su ausencia ocupaba más espacio que ella misma.
Miré su mesa durante demasiado tiempo.
—La mujer que siempre viene… —empecé a decir.
El camarero colocó una taza frente a mí.
—Dejó de necesitarlo.
—¿Eso es bueno?
—Para algunos.
No bebí enseguida como en otras ocasiones.
—¿Qué servís aquí realmente?
El camarero apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla frente a mí.
—Ya te lo he dicho. Lo que necesitáis.
—No lo entiendo.
—Por eso casi nadie pregunta.
Miré la taza: el café no humeaba. Su superficie estaba quieta, negra, perfecta... No reflejaba la luz. Solo una oscuridad pequeña, hecha a medida de la tacita.
—¿Y qué necesito yo?
—No lo sé.
Me reí, aunque no tenía gracia.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Yo solo sirvo.
—Pero siempre aciertas.
—Yo no… vosotros.
Aquello me molestó más de lo que quería admitir.
Esa noche no pude dormir. Pensé en la mujer del fondo, en el hombre del traje, en el chico de la libreta, que llevaba días sin aparecer. ¿Qué les hacía ir allí?
Pensé en lo que significaba dejar de necesitar. Al principio me pareció hermoso pero después tuve nauseas solo de haberlo pensado.
Una persona sin necesidad quizá viva más tranquila, más en paz…
Al día siguiente, la pizarra decía: «al final».
No entré.
Di una vuelta a la manzana. Luego otra.
Compré un café en otro sitio. Uno normal, con una tapa mal encajada y demasiado caliente. Sabía a café quemado, a lunes… aunque fuera viernes.
No me alivió… Y me alegré.
Al día siguiente volví a aquella maldita y extraña cafetería. El camarero me esperaba con una taza sobre la mesa roja en la que siempre me sentaba.
La última. Lo supe sin que ni él ni yo dijéramos nada.
Me senté. El café era claro, olía a pan tostado, a ropa limpia, a verano entrando por una ventana abierta. Olía a todo lo que uno desearía no perder nunca.
—¿Qué hace este? —pregunté.
—Termina.
—¿El qué?
—La espera, la culpa, los remordimientos, incluso el ruido que oyes en tu cabeza.
Tragué saliva.
—¿Y después?
El camarero miró hacia la ventana.
—Después, nada pesa. Nunca más.
Lo dijo con una amabilidad que me pareció insoportable.
Acerqué la taza a mis labios con manos temblorosas.
Pensé en todo lo que me había quitado ya. En las noches sin ansiedad. En las llamadas que por fin hice. En los recuerdos que habían dejado de dar vueltas.
Quizá aquello era lo que la gente llamaba sanar: despertarse un día y descubrir que el dolor ya no te define ni te ata. Darte cuenta que no necesitas nada más.
Pero también pensé en todas las cosas que aún no sabía decir.
—No. —dije devolviendo la taza a la mesa.
El camarero no se sorprendió, pero su sonrisa se apagó.
Yo me levanté sin despedirme. Al salir, la campanilla de la puerta sonó por primera vez desde que conocía aquel lugar.
No he vuelto desde entonces, o no he entrado, que no es lo mismo.
A veces paso por esa calle. Hay días en los que la cafetería no está. Solo una persiana bajada, una pared gris, un local vacío que quizá nadie alquiló nunca. Otros días vuelve a abrir, con sus mesas de colores pastel y su camarero sonriente. Con una palabra distinta escrita en la pizarra.
Hoy alguien ocupaba mi mesa. El camarero dejó una taza frente a esa persona y dijo algo que no pude oír.
Ella bebió, y yo seguí caminando. No porque estuviera curado, ni porque hubiera dejado de necesitar… Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, me he dado cuenta que eso también está bien.
Gracias, Charlie, por abrir hoy las puertas de tu taller y dejarnos caminar entre tus palabras.
Hay espacios que se leen y otros que se habitan.
El tuyo pertenece a los segundos.
Gracias por recordarnos que todavía existen lugares donde la escritura se trabaja despacio, con las manos, con la voz y con algo muy difícil de fingir: verdad.
Ha sido un placer compartir este rincón contigo en esta casa azul.
Ojalá quienes hoy te descubran se queden también a escuchar el sonido de tus historias.
Nos seguimos leyendo.





Muchísimas gracias por tus bonitas palabras y haberme invitado a tu preciosa casa azul, Pedro. 🫂 Ha sido un honor compartir un pequeño pedacito de mi mundo contigo. Mil gracias por todo 😊🫂☕
Gracias, Roberto! Por mi si, pero que te confirme Pedro :)