Aquí os presento Última Sesión, el relato que ha sido finalista del X premio de relato breve La Gran Ilusión.
Cuando lo dejé todo —la oficina, los trajes, los informes que medían semanas vacías— no tenía un plan. Solo sabía que no podía seguir en la noria.
El pueblo lo encontré por azar. O tal vez fue él quien me encontró a mí. Un lugar diminuto junto al mar, donde las casas crujen como barcos viejos y las gaviotas no distinguen entre tejados y rocas.
Caminando la primera tarde, lo vi.
Un edificio bajo, con letras desvaídas: Cine Ideal.
Las puertas cerradas, el cartel enmohecido. “Próximamente: La vida sigue igual”. Sonreí. No sabía si era una ironía o una súplica.
Entré.
El olor a polvo, madera húmeda y celuloide me golpeó como un recuerdo. Las butacas cubiertas con sábanas grises. El escenario comido por el salitre. Pero el alma seguía ahí, agazapada entre los proyectores.
Al día siguiente pedí las llaves al Ayuntamiento. Nadie lo había reclamado desde hacía años. Me las dieron como quien entrega un fantasma.
Empecé a arreglarlo solo.
Quité escombros, restauré los focos, pinté las paredes con paciencia de domingo. El cuerpo me dolía, pero era un dolor distinto al del estrés: tenía sentido.
Una tarde, al salir, la vi. Marina.
Cruzaba la plaza con una bolsa de pan y la misma manera de mirar que recordaba: como si todo le diera un poco de risa.
Nos quedamos quietos.
—Hola —dijo ella.
—Hola —contesté, aunque lo que quise decir era: ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué ahora?
Vivía en el pueblo desde hacía cinco años. Regentaba un hotelito frente al mar. Nos citamos a tomar café “un día de estos”, como se dicen esas cosas que no se cumplen. Pero se cumplió. Y otro café más. Y luego otros sin cita.
Le hablé del cine. Me escuchó sin interrumpirme, con ese gesto suyo de inclinar la cabeza cuando algo le importa.
A veces venía a verme trabajar. Traía galletas. Opinaba sobre el color de las paredes.
Hablábamos de películas antiguas. Ella adoraba Vacaciones en Roma; yo, El hombre tranquilo.
Nunca hablamos del pasado. Ni del final que tuvimos. Como si ambos supiéramos que volver allí sería romper lo que ahora se estaba formando.
La noche de la reapertura, el pueblo entero fue. No porque les interesara el cine —algunos niños ni sabían lo que era una película en pantalla grande— sino porque un lugar que renace siempre convoca algo sagrado.
La sala estaba a medio llenar, pero me temblaban las manos igual. Cuando las luces se apagaron y Audrey Hepburn apareció en la Vespa, sentí que el corazón se me caía al suelo.
Marina estaba a mi lado.No me miró. Solo buscó mi mano.
La suya estaba tibia.
Y se quedó ahí.
No sé si era un principio o un epílogo.
Solo sé que aquella noche, en la oscuridad dulce del Cine Ideal, no tuve miedo de quedarme.
Gracias por leer.
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Nos seguimos leyendo.



Hermoso!! Gracias
Normal que haya sido finalista, el relato es precioso! 🩵