Los 152 correos que no importaban
Pedro Gala escritor
Ayer volvimos de Oporto.
Abrí el móvil.
Miré el icono del correo.
Y allí estaba.
152 mensajes sin leer.
Hace unos años aquella imagen me habría generado una mezcla de ansiedad, culpa y sensación de retraso existencial. Habría empezado a borrar compulsivamente desde el aeropuerto. Habría pensado que tenía “demasiadas cosas pendientes”.
Pero esta vez ocurrió algo distinto.
No sentí absolutamente nada.
Y creo que eso dice mucho más sobre mi vida actual que sobre el correo electrónico.
Durante todas las vacaciones no abrí Mail ni una sola vez.
Ni para “echar un vistazo rápido”.
Ni para “ver si había algo urgente”.
Ni siquiera por costumbre.
Simplemente desaparecí unos días.
Y el mundo siguió girando.
Nadie murió porque tardase en responder.
Ninguna catástrofe empresarial tuvo lugar.
Ningún algoritmo colapsó por mi ausencia.
Solo hubo paseos.
Tranvías.
Conversaciones.
Fotografías.
Cafés lentos.
Atardeceres sobre el Duero.
Vida.
Creo que vivimos atrapados en una extraña idea de disponibilidad permanente.
Como si estar siempre accesibles fuese una forma de responsabilidad moral.
Y no.
A veces es solo miedo.
Miedo a desconectar.
Miedo a perdernos algo.
Miedo a dejar de ser necesarios.
Pero hay algo profundamente sano en descubrir que uno puede ausentarse unos días del ruido digital… y seguir siendo uno mismo al volver.
Aunque quizás la segunda enseñanza fue todavía más importante.
152 correos.
Y probablemente más de la mitad eran newsletters.
Suscripciones que fui acumulando durante años:
productividad,
marketing,
inteligencia artificial,
crecimiento,
ventas,
marca personal,
tecnología,
tendencias,
gurús del éxito,
expertos en engagement,
personas enseñándote cómo vivir mejor mientras te quitan tiempo para vivir.
Y entonces entendí algo.
Muchas veces nuestras suscripciones pertenecen a versiones antiguas de nosotros mismos.
Hay newsletters que uno abrió cuando quería correr más.
Facturar más.
Crecer más.
Optimizar más.
Demostrar más.
Pero quizá ya no estamos ahí.
Quizá llega un momento en la vida en que uno empieza a buscar menos ruido y más verdad.
Menos impacto y más presencia.
Menos consumo constante y más silencio.
Tal vez hacerse adulto también consista en decidir qué voces merecen seguir entrando en tu casa.
Porque el correo electrónico no es solo una bandeja de entrada.
Es una frontera.
Y cada newsletter que dejamos entrar ocupa un pequeño espacio mental.
Una pequeña porción de atención.
Un rincón de nuestra calma.
Así que hoy he empezado algo sencillo:
darme de baja.
No por enfado.
No por rechazo.
Simplemente porque ya no necesito cargar con todo.
Y, curiosamente, mientras iba pulsando “unsubscribe”, sentí algo parecido a abrir ventanas en una habitación cerrada desde hace años.
A veces la libertad empieza así.
Con un simple clic silencioso.
Gracias por leer.
Si este texto te ha acompañado aunque sea un momento, te invito a dejar un me gusta, comentar lo que te ha resonado o simplemente compartirlo con alguien a quien pueda llegarle.
Y si aún no lo haces, puedes suscribirte para recibir cada nuevo texto directamente en tu bandeja de entrada.
Si esta casa azul te acompaña, suscríbete para no perderte ninguna historia.
Nos seguimos leyendo.



"Como si estar siempre accesibles fuese una forma de responsabilidad moral."
Este es el problema, sobre todo para los estadounidenses como yo.
Nos han enseñado, ya sea de forma implícita o directa, a responder en cuanto alguien se pone en contacto con nosotros. Es agotador.
¡Enhorabuena por unas vacaciones sin correos electrónicos!
Lo primero: comparto contigo esa falta de sensación de urgencia. Somos unos privilegiados, Pedro. Cuánta gente no tiene más remedio que vivir pendiente del móvil, en tensión permanente, sin poder disfrutar de lo verdaderamente importante. Qué afortunados somos.
Lo segundo: yo también me estoy dando de baja de algunas newsletters, sencillamente porque la vida no da más de sí. Pero aquí sigo leyéndote.
Abrazo